miércoles, 2 de febrero de 2011

Como el aire que respiro

Vivo en el Puente de Vallecas. Desde mi ventana se puede ver el tramo elevado de la M-30: seis carriles de tráfico que se elevan sobre la antigua carretera de Valencia. Los que vivimos en mi piso ya somos conscientes de que hay que barrer a diario para evitar que una capa de adhesiva mugre negra se acumule en el suelo. Es igualmente problemático a la hora del lavado de la ropa: el otro día tuve la mala suerte de tender la colada justo cuando una ligera bruma se abalanzó durante días sobre nuestra sufrida capital. Cuando tres días más tarde por fin se secó la ropa, la exposición al aire había sustituido el olor a suavizante por un persistente perfume a gasóleo.

Curiosamente, nuestra atenta municipalidad anuncia regularmente que el aire del Puente de Vallecas está, en líneas generales, dentro de unos niveles razonables. La estación de medición que el ayuntamiento llama "Puente de Vallecas" está aquí, en una placita poco transitada, a dos kilómetros del puente en sí y lo más alejada posible de los tres grandes focos de contaminación del barrio: la M-30, la M-40 y la autovía de Valencia. Efectivamente, la estación está en Puente de Vallecas: en el distrito de Puente de Vallecas.

Es como definir el clima madrileño por los datos de la estación meteorológica de la Bola del Mundo, que efectivamente está en Madrid, pero a 55 kilómetros de la capital y a 2000 metros de altura. Uno puede poner cara de póker y decir que el clima madrileño es subalpino, pero en algún momento a mediados de julio la gente va a empezar a exprimir sudor de sus camisetas y preguntárse qué carajo les están contando.

Y así en todo: la estación del centro está en la plaza del Carmen, que es peatonal; la estación del barrio de Salamanca está en el centro del parque del Retiro; hay una estación en el Ensanche de Vallecas, que por norma general tiene un tráfico bastante ligero, y ni siquiera está al lado de la M-45, sino en la avenida de La Gavia, que une la nada a Santa Eugenia.

El argumentario del bigotismo al respecto de los problemas del aire de Madrid es fundamentalmente el mismo que para todo: la culpa es del PSOE. Ana Botella, Madame Bigote en persona, dice que la culpa es del gobierno por incentivar la compra de automóviles. Recordarán - hablé de ello en su día - que mientras que el Gobierno introdujo la norma con ámbito general, correspondía a las comunidades autónomas establecer un sistema de baremos para incentivar la compra de coches más pequeños y ecológicos. La Condesa Cardada, en su línea habitual, consideró que eso de la proporcionalidad que manda la Constitución no era lo suyo, pasó del baremo y convirtió la subvención en un cheque para que sus votantes pudieran comprarse una nueva Tanqueta de Torrelodones (Porsche Cayenne, Toyota Land Cruiser, Nissan Qashqai) a cuenta del Estado.

Otras excusas regulares son que el clima de Madrid es muy seco: lo que para ellos es una excusa, debería ser razón de más para cuidar el aire que respiramos. Otra muy popular esgrime el habitual argumento de la "libertad" de la derecha: es decir, los malvados ecotiranos que quieren acabar con nuestro derecho otorgado por Dios Nuestro Señor para que conduzcamos el Audi A6 de un atasco a otro. Hay otras excusas, pero ¿por qué alargarse?

El ladrillazzo que nos ha llevado hasta aquí no se entiende sin el automóvil; es otra de sus herencias malditas. Nadie se ha ido a vivir a Fuentidueña de Tajo confiando en las bondades de su transporte público. Es urgente, ya que no podemos evitar la dependencia automovilística de la periferia, evitar que esas mareas de automóviles envenenen nuestra capital.

Pero con un alcalde que no quiere un tranvía por la Castellana porque cree que los cables quedan feos, vamos a ir muy lejos.

Depende de usted, señora.

Seguiremos informando.