jueves, 27 de enero de 2011

¿Quiénes, ellos?

Alex de la Iglesia ha hecho algo tan profundamente antiespañol que gran parte de los españoles está dispuesta a condenarle por los siglos de los siglos: ha cambiado de idea.

No es así como funciona el debate en nuestro país. En España uno llega al debate con unas convicciones firmes y ha de salir del debate con ellas: el objetivo del debate español es demoler las firmes convicciones del otro; hacerlo a gritos es generalmente de mal gusto, pero depende del tema a tratar: en algunos círculos, da puntos. El que la gente pueda ponerse de acuerdo es un concepto ajeno a la hispanidad, propio de naciones sin una historia conturbada y divisiva como la nuestra, o cualquier otra excusa que uno se proponga.

Como defensor de la piratería que soy, a mí personalmente la Ley Sinde no me preocupa, de hecho, en ese sentido, lo aplaudo. Una web de enlaces es algo que puede crear cualquier fistro, que gracias a Google Adwords y similares puede hacer una tonelada de pasta sin demasiado esfuerzo.

Lo que va a ser la ley Sinde, mis queridos lectores, es dar una nueva vuelta de tuerca. De Napster pasó a Audiogalaxy, de Audiogalaxy al Kazaa, del Kazaa al eMule, del eMule al aMule, de ahí a Bit-Torrent, todo ello una carrera tecnológica donde cada vez hay menos dinero en juego y los riesgos son cada vez mayores, pero el objetivo está claro y evidente: dar acceso a la mayor cantidad de información posible a la mayor cantidad de gente posible.

En España, precisamente, eso que solemos llamar libertad de expresión ha producido un estancamiento en el ingenio hispano. Cortado Seriesyonkis, lo que acaban de hacer las Cortes Generales es dar la bandera de arrancada a una nueva explosión de picaresca hispana. Dentro de seis meses todo el mundo va estar viendo "Glee" con terribles subtítulos argentinos igual.

Con lo que tenemos una costosa y cuestionable estructura judicial para...más bien poco.

He loado en diversas ocasiones los beneficios culturales de la piratería. Chavales de instituto convertido en cinéfilos, una generación con influencias musicales impensables hace una década, un interés creciente por más y mejor cultura.

Algunos opinan que aplicando el modelo estadounidense de protección de derechos nuestra industria cultural reaccionaría como la estadounidense. ¿Estamos hablando de la industria cultural española? ¿La que tiene pavor alérgico al libro de bolsillo, cuanto menos al electrónico? ¿La que a pesar de tener televisión de pago hace veinte años, aún no ha hecho una serie dramática hecha por guionistas y no por psicólogos y expertos en marketing? ¿La industria cultural que cobra subvenciones por "Cuando amanece, apetece" y no se le cae la cara de vergüenza? ¿La industria cultural que da al mundo Las Ketchup y Raphael? ¿Esa?

No sé, pero algo me dice que no va a ser así.

Seguiremos informando.